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05 Ago 2019
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Nuestro himno nacional, en referencia a la Guerra de los Mil Días, nos advirtió en 1903, en verso, que era preciso ocultar el dolor del pasado cubriéndolo con un velo para lograr que la luz de la concordia adornase nuestro cielo azul. Una lapidaria receta que se repite frente a La Invasión de 1989

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Fotografía: Servicio Público del U.S. Army
Santos Jorge escribió en 1903 que era preciso ocultar el dolor del pasado cubriéndolo con un velo. Acuñó entonces una receta lapidaria que palpita hoy en la ausencia de duelo tras La Invasión. La abogada y escritora Olga De Obaldía desglosa el significado y alcance del canto a la patria

La batalla no es entre la memoria y el olvido, es entre la memoria y el significado. Si bien dijo Nietzche que era “totalmente imposible vivir sin olvidar”, nuevos conflictos surgen en la construcción de la memoria y el proceso, a menudo politizado, de adjudicar sentido, articulación y universalidad a la interpretación de esas memorias que le dan voz a eventos traumáticos visibles e invisibles y que buscan, como meta última, la legitimación de una verdad colectiva.

Y, sin embargo, la memoria se construye individualmente, primero, en el fuero íntimo, a partir de detalles, algunos suspendidos en una suerte de limbo sensorial —una partícula de polvo atrapada en un haz de luz—que se percibe como insignificante comparado con la historia de todo un país, pero que tiene infinita importancia para cada uno de nosotros en ese espacio interno donde no habita la objetividad.

Durante 29 años, la memorialización de La Invasión ha resistido todo intento de colectivización. Líneas de batalla entre empresarios, partidos políticos, familiares de víctimas, capas populares y otros colectivos varios se han trazado negándose a la visión empática del otro. No encontramos un significado válido para todos que pueda reconciliar nuestra identidad postconflicto. Ni en los libros de texto escolares sobre la historia de Panamá se logra una versión general. Ni en la transmisión intergeneracional de los recuerdos, que se desdobla sesgada. Ni en el arte, con su poder de traducción anímica, porque no hay demasiados referentes. Ni en la yuxtaposición de la memoria individual y la memoria nacional.

Así, el recuerdo del tac tac tac monótono de la máquina de coser Kenmore, con la que esa joven mujer que yo era arreglaba un modesto vestido de fiesta a la media noche de ese martes 19 de diciembre de 1989, se confunde indeleblemente con el estruendo externo de un tac tac tac en ráfaga, seguido de un sonido idéntico al de fuegos artificiales pero que hacía retumbar las ventanas. ¿Fuegos artificiales hoy a santo de qué? ¡No es Navidad!

Un sentido de pasado y futuro común son componentes esenciales en la definición de los estados-naciones modernos. Una historia compartida, al igual que las aspiraciones comunes, son elementos que tienen prelación, inclusive por encima del idioma común, en la construcción de los imaginarios colectivos que definen a una sociedad, a una cultura, a una nación y a un país. Como panameños, todas las luchas de reivindicación nacionalista, durante la era departamental y la republicana, se sentaron sobre la base de una identidad nacional forjada a través de las experiencias comunes de los que sí se radicaron en este estrecho de tierra, que vio millares de personas cruzar de un mar a otro, sin quedarse.

La memoria colectiva de quién y qué era Panamá, surgía y valía aquí, no importaba de donde vinieron originalmente los istmeños. Pero esa noche de La Invasión —bajo el eco cercano de la batalla del aeropuerto Paitilla y el chop chop chop de helicópteros que volando al ras del mar irrumpían, con intensos haces de luz provenientes de sus potentes reflectores, en las casas y edificios del barrio—cuando mi padres usaban frenéticamente el teléfono para comprobar con alivio que sus cinco hijos estaban sanos y salvos, esa joven mujer que yo era no tenía conciencia alguna de que estaba viviendo el momento exacto en que una brecha de sangre se abría en el alma colectiva de los panameños, y que mi familia y yo habíamos quedado parados del lado de los que no tenían que enterrar a nadie.

En la otra orilla, cientos o miles de familias —un número aún sin determinar para vergüenza nacional— lloraban sus muertos e intentaban sobrevivir. En 29 años, la grieta abierta sigue ahí. Quiero creer que esfuerzos como el de la Comisión del 20 de diciembre pueden convertirse en el puente que una las dos orillas de esa garganta.

No es la primera vez que en nuestra historia republicana el país se divide frente a la construcción de una memoria colectiva post conflicto sangriento. La Guerra de los Mil Días (1899-1903) y la gesta patriótica del 9 de enero de 1964, son muestra de ello. Generar un significado colectivo, que nos permita añadir elementos de cohesión al imaginario nacional, ha sido producto del paso del tiempo. Nuestro himno nacional, en referencia a esa guerra civil nos advirtió en 1903, en verso, que era preciso ocultar el dolor del pasado cubriéndolo con un velo para lograr que la luz de la concordia adornase nuestro cielo azul. Lapidaria receta. ¿Y será que Santos Jorge había leído “De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida” de Nietzche?

Se nos olvida que inclusive la gesta del 9 de enero tuvo dos versiones: jóvenes heroicos que dignamente enarbolaron nuestro emblema patrio ante el imperio colonialista, y: partida de maleantes que fueron a vandalizar propiedad privada y solo consiguieron interrumpir el flujo de negocios de la clase empresarial criolla. Después de la firma de los Tratados del 1977 y la recuperación del Canal, la memoria de esta gesta tuvo un nuevo significado colectivo.

Nos pasa a todos: el silencio necesario del olvido vivencial. Con los ojos de la memoria interna, la mujer mayor que soy ahora, privilegia unos recuerdos sobre otros, esos días subsiguientes en que, sin electricidad en nuestra calle, los jóvenes ahí reunidos sacábamos la guitarra y cantábamos a la vieja usanza a pesar de la guerra que se vivía afuera.

Vivíamos cerca de una persona en el círculo íntimo del general Noriega, volar el transformador y ocupar la calle, al igual que prohibir la movilidad, fue parte de la estrategia de búsqueda del ejército estadounidense de ese líder de cartón, quien, fugado, no le dio batalla alguna al invasor. Cobardía que probablemente salvó miles de vidas, pero que produce el vehemente deseo de desempolvar el velo de Santos Jorge y recordar unas cosas sí y otras no, borrar las causas de La Invasión, los 116 muertos y desaparecidos de la dictadura preinvasión, según el informe de la Comisión de la Verdad (2002), justificar los saqueos, los juicios en el extranjero, pretender que la recuperación económica del país en pocos años no estuvo ligada a ese olvidar voluntario y cómplice, y, sobre todo, querer creer que eso, el retorno de la normalidad comercial, fue capaz de borrar el dolor de las muertes y la impunidad resultante.

En otras sociedades postconflictos armados el arte juega el papel vital de ser puente, idioma secreto, caja de resonancia donde el silencio y el olvido dan paso a la compresión y la construcción de significados. En nuestra historia, el sagaz idioma lúdico de Brenes, con su ‘Cucarachita Mandinga’, nos dio una narrativa de país en las décadas del 40 al 60: la cucarachita criolla que cuida su tesoro y resiste los intentos de seducción del gallo francés, del toro español, del caballo inglés, del pato estadounidense y elige al ratoncito panameño. No hay versión contemporánea de una Cucarachita muerta bajo una bomba o poniendo coronitas de flores en la cabeza de un soldado extranjero o brindando porque se acabó la dictadura o justificando salir a saquear porque no tenía qué comer o resistiendo al invasor con las únicas dos tropas de las Fuerzas de Defensa que no supieron que todos los altos mandos se habían dado a la fuga, o levantando con los empresarios la economía postinvasión o reflexionando sobre sí misma y su rol en la historia. Imposible: mientras vivimos los momentos claves no podemos construir sus significados, estos son privilegios de la memoria.

Mamá, ¿La Invasión fue buena o fue mala?, preguntó mi hijo a los 17 años, en el 25º aniversario de La Invasión, porque me vio escribiendo sobre el tema después de descubrir que en su escuela le habían explicado poco o nada sobre este episodio de nuestra historia. No lo sé, ojalá la vida fuera un comic de Marvel o DC y tuviéramos claro quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos. Déjame contarte lo que recuerdo y lo que sé. La joven mujer que yo era descubrió al cuarto día del conflicto que al hermano de su mejor amiga lo habían matado los gringos. Todo cambió. De pronto estaba parada al otro lado de aquella brecha fantasmal, sin puente para cruzar. Y 29 años después, le digo a mi hijo, hoy de 21 años: cada libertad de la que gozas en este país, la pagamos con sangre, merécela. Por eso es preciso levantar el velo sobre este calvario colectivo… e íntimo.

 

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